Lo que 2025 me enseñó
Hay años que no llegan a cumplir deseos, sino a revelar verdades.
2025 no fue un año fácil para mí. No fue expansivo, ni luminoso, ni cómodo. Fue un año que me puso frente a vínculos que se soltaron, espacios donde no encajé, silencios incómodos, deudas que pesaron más de lo esperado y preguntas profundas sobre mi lugar en el mundo.
Durante mucho tiempo pensé que los años difíciles solo se sobreviven. Hoy empiezo a entender que algunos vienen a reordenarnos por dentro, aunque por fuera todo parezca desarmarse.
Este fue uno de esos años.
Cuando los vínculos se sostienen de un solo lado
Este año viví separaciones que no fueron explícitas ni dramáticas. Nadie me dijo “ya no quiero estar”, pero el mensaje llegó igual: el vínculo existía mientras yo lo sostenía.
Me di cuenta de que algunas amistades parecían firmes porque yo era quien buscaba, proponía, preguntaba, estaba. Cuando dejé de hacerlo —no como castigo, sino por cansancio— el lazo se aflojó hasta desaparecer.
Eso duele de una forma muy particular. No es una traición clara, es una ausencia silenciosa que te obliga a mirarte y preguntarte: ¿era mutuo o solo constante de mi lado?
Con el tiempo, y no sin tristeza, entendí algo importante: no todos los vínculos tienen la misma profundidad, ni todas las personas están disponibles para sostener relaciones con raíz. Cada quien atraviesa su propio proceso, y a veces ese proceso implica alejarse.
Aceptar eso no fue resignación. Fue respeto. Respeto por el otro… y por mí.
Dar con el corazón… y aprender a no hacerlo a solas
Yo soy una persona que se da con el corazón. Cuando quiero, estoy. Cuando alguien que aprecio necesita algo, intento acompañar.
Por eso, una de las heridas más claras de este año fue la falta de reciprocidad. Desde gestos simples hasta momentos más significativos, empecé a notar que no siempre había la misma disposición del otro lado.
Mi cumpleaños fue un espejo incómodo. Al invitar a personas importantes para mí y recibir varios “no puedo”, entendí algo que va más allá de un plan: lo que dolió fue sentir que, en un momento especial para mí, no fui prioridad.
No estaba pidiendo exclusividad, ni sacrificios enormes. Solo presencia.
Este año entendí que dar con el corazón no es un error. El desgaste aparece cuando lo hacemos sin observar si del otro lado hay alguien dispuesto a dar también.
La soledad elegida… que se volvió costumbre
2025 también fue un año de mucha soledad. Muchas horas en casa. Muchas veces eligiendo no salir.
Al principio fue una decisión consciente, casi protectora. Venía cansada, desilusionada, y necesitaba silencio. Pero con el paso de los meses, esa dinámica empezó a pesar.
Apareció una sensación difícil de nombrar: la de no encajar. La de no saber muy bien dónde está mi lugar, ni cómo volver a conectar con otros. Incluso empecé a preguntarme si todavía sabía hacerlo… o si ya no quería hacerlo.
La soledad dejó de ser descanso y empezó a sentirse como aislamiento.
Reconocerlo fue incómodo, pero necesario. Porque entendí algo: no quiero quedarme ahí. Quiero, poco a poco, volver al mundo desde un lugar más honesto, sin forzarme a ser quien ya no soy.
Dinero, deuda y la herida del merecimiento
La situación económica fue uno de los grandes maestros de este año.
Aunque llegaron ingresos, la deuda siguió presente, incluso creciendo. Viví la frustración de limitarme, de privarme de cosas que amo —como viajar o salir— y aun así sentir que no avanzaba.
Estar en deuda no solo pesa en la cuenta bancaria. Pesa en la energía, en la autoestima, en las ganas de planear, en la forma en la que una se relaciona con el mundo.
Este año me di cuenta de cuánto el foco constante en la deuda puede desconectarnos del merecimiento, de la confianza y de la idea de que todo tiene solución.
Entendí que la abundancia no es solo dinero. También es fe, sostén interno y la capacidad de no definirnos solo por el momento que estamos atravesando.
Un trabajo que me dio orgullo… y me mostró límites
Desde julio, un trabajo llegó como respuesta a una petición profunda: estabilidad, ingresos, sentirme valiosa.
Entré a un área nueva, con retos que nunca había enfrentado. Aprendí sobre la marcha, resolví problemas, propuse mejoras y sostuve responsabilidades sin demasiada guía.
Cinco meses después, puedo decir algo con claridad: estoy orgullosa de mí. De lo que aprendí, de cómo respondí, de todo lo que fui capaz de hacer incluso en la incertidumbre.
Pero ese mismo trabajo también me colocó en un lugar incómodo: el de no ser vista, no ser nombrada, no existir públicamente.
Estar, pero en silencio. Aportar, pero sin reconocimiento. Resolver, pero sin pertenecer.
Hubo pequeños momentos —como no formar parte de un evento colectivo— que no dolieron por lo que eran, sino por lo que simbolizaban: confirmar una y otra vez que no había un lugar claro para mí.
Aprendí que hay espacios que pueden darte ingresos, pero quitarte paz. Y que eso también es información valiosa para definir qué quieres en tu vida.
Cuando sanar no es dejar de sentir
Pensé que después de tanto trabajo personal nada externo me desequilibraría. Este año entendí algo distinto.
Sanar no es volverse impermeable. Sanar es dejar de normalizar lo que duele, reconocer cuándo un entorno sigue siendo un disparador y aceptar que no todo se resuelve con más conciencia interna.
Hay contextos que no acompañan, personas que no cambian y dinámicas que no dependen de nosotras.
Reconocer eso no es fracaso. Es claridad.
Daniela: el regalo inesperado
De una situación incómoda surgió algo profundamente bonito.
Por circunstancias externas, comencé a presentarme con mi segundo nombre, un nombre distinto al que había usado casi toda mi vida. Al principio fue extraño. Luego, revelador.
Daniela empezó a habitar mi voz, mi trabajo, mis conversaciones. Y sin buscarlo, me conecté y reconcilié con una parte de mí que siempre había estado ahí, pero no del todo nombrada.
Hoy me siento completa siendo Ari, Arianna, Daniela o Dani. Todas soy yo.
A veces, incluso de los lugares más incómodos, surgen regalos que vienen a integrarnos.
Lo que me llevo de 2025
2025 me enseñó que:
– No todos los vínculos son recíprocos, y eso no define mi valor.
– Pertenecer no debería doler.
– La soledad puede ser una pausa necesaria, pero no un destino.
– El dinero importa, pero la dignidad emocional también.
– Sanar no es aguantar más, sino elegir mejor.
– Nombrarme —en todas mis formas— es un acto de amor.
No fue el año que pedí. Pero fue el año que me mostró verdades necesarias.
Y con esa conciencia, elijo entrar al próximo año con menos ingenuidad… y con mucha más honestidad conmigo misma.



